Imagina una flota de barcos en la bahía de Estambul. Galata a tu derecha y, al fondo, la majestuosa Santa Sofía se muestra sobre el fondo azul. Vuelve a los barcos, ¿dónde están?. En el mar ¿no? ¿para qué sirven? Para navegar ¿no?: lógico. 

Pero esta lógica no es la que aplicó el General Mehmed II el 28 de mayo de 1453 cuando, plantado ante esta misma bahía, decidió sacar los barcos del agua y hacerlos rodar colina arriba y abajo para plantarlos a primera hora de la mañana ante las puertas de Constantinopla. Golpe clave para comenzar la conquista y, por ende, la caída del Imperio Romano de Oriente. A pesar de que, finalmente, la toma de la ciudad se produjo por un golpe de suerte, la famosa Kerkaporta que permitió que los turcos entraran en la ciudad, ¿qué produjo este fantástico movimiento militar que causó el pánico entre el Imperio?

Desde tiempos inmemoriales la creatividad ha ido ligada a un romanticismo exacerbado, a un impulso místico, a un “no sé qué” que aparece repentinamente para convertirnos en creadores. Una fuerza poseedora que desde el apogeo griego hemos llamado ‘musa’. Grave error.

Las musas llevan con nosotros prácticamente toda la historia de la creación occidental. Desde aquellas que habitaban en el Parnaso griego, pasando por Roma -donde las Camenas ya ejercían este papel- hasta nuestros días.

Es cierto que, hoy en día, a nadie se le ocurriría, con el fin de justificarse, decir que no se le han aparecido las musas. Pero el simbolismo que provocan sigue ahí. “No me viene la idea” sí suena como una sentencia cotidiana que nos permite ganar más tiempo para poner en marcha nuestra creatividad.

“Cuando llegue la inspiración, que me pille trabajando”, valga decir de antemano que no soy quien para rebatir al gran Picasso, pero temo que en esta ocasión no me queda más remedio que discernir. La inspiración no llega. No viene de la nada. Veamos por qué.

Inspiración, según la RAE:

Acción y efecto de inspirar o inspirarse. Ilustración o movimiento sobrenatural que Dios comunica a la criatura. Estímulo que anima la labor creadora en el arte o la ciencia. Cosa inspirada.

Descartemos la primera y la cuarta por redundantes y la segunda por la falacia implícita. Por descarte, nos tenemos que quedar con la tercera: “Estímulo que anima la labor creadora en el arte o la ciencia”.

Es decir, bajo esta acepción, supeditamos toda actividad creadora a la atracción injustificada del exterior de unas ideas que solo pueden provenir de nosotros mismos como sujetos creadores.

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Esta idea romántica nos propicia una imagen mental como la legendaria pintura de Rembrandt, Philosopher in meditation, en la que, esperando a la musa, nos convertimos en creadores. Pero la realidad y el análisis histórico dista mucho. Porque la inspiración no viene, se busca, se encuentra, se inspira, se procesa y se trabaja. Picasso, por supuesto, tenía razón en que sin trabajo da igual todas las ideas que barajes en tu cabeza.

Una historia interesante en la que nos podemos apoyar a estas alturas es la de la creación de tres productos que nada tienen que ver entre sí, pero que cambiaron un poquito el mundo.

El 31 de enero de 1977 se inauguraba, bajo una gran expectación y polémica, un edificio singular, el centro Pompidou de París. Un icono actual que en aquellos años llegaron a comparar, literalmente, con una refinería de petróleo. La arquitectura, pensada como un diagrama espacial evolutivo dejaba al aire una estructura de hierro y metal brillando en el corazón de París. Como era lógico, este edificio singular no podía dejar indiferente a muchos creadores del mundo y, diez años después, alguien pergeñaba un dibujo basado en la estructura que cambiaría la historia del calzado.

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Era Tinker Hatfield, un joven diseñador de zapatillas de Nike, arquitecto de profesión que, tras un viaje a París, decidió aplicar el mismo pensamiento que se había aplicado sobre el pompidou para crear la primera ‘Air Max’, dejando a la vista parte del interior. Al igual que la construcción parisina, al principio el diseño de la zapatilla no sentó bien entre las filas corporativas. De hecho, provocó que intentaran despedirle más de una vez. Pero, como la historia es sabia, el lanzamiento fue un éxito. ¿Inspiración, copia o influencia colectiva? Vamos a adelantar diez años, otra vez, para ver cómo se repite la hazaña.

En 1997, Steve jobs regresaba, con un gran reto por delante, a la compañía de la que había sido despedido, Apple. Un año más tarde presentaban su invento más aclamado hasta ese momento, el iMac. Un extraño ordenador diseñado por Jony Ive que -¡sorpresa!- enseñaba las tripas. Un ordenador que consiguió volver a la levantar la reputación y la facturación de Apple y les permitió convertirse en la compañía que hoy conocemos.

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¿Qué produjo que estos escenarios seguidos por diez años de diferencia se correlacionaran entre sí para cambiar la historia del diseño?

Como ya podéis imaginar, este no es el único caso en el que la influencia colectiva provoca un cambio de semejantes magnitudes y nos revela la importancia de la influencia del entorno en la formación del individuo. Y es que, los genios, no surgen de la individualidad. Veamos un par de ejemplo más:

1. Da vinci, el genio de los genios, se desarrolló cultural y creativamente en el Quattrocento, una época gloriosa para la intelectualidad europea.

2. La Generación del 27 con referentes como Lorca, Cernuda, Guillén, Alonso… creo que no hay que hacer mucho hincapié para demostrar el esplendor de esta época.

3. La filosofía alemana entre 1919 y 1929 cuando cuatro genios cambiaron nuestra forma de entender el mundo en apenas una década. Wittgenstein, Walter Benjamin, Cassirer y Heidegger aparecieron con novedosas ideas en un espacio-tiempo simultáneo.

Donde hay patrón, no suele haber cabida para la casualidad, pero ¿qué pasa? ¿por qué cuando un grupo social promueve la creación, esta alcanza su máximo exponente?

El factor psicosocial se ha revelado en los últimos tiempos como un factor absolutamente determinante de la conducta humana. Cientos de experimentos avalan este punto de vista. Uno de los más importantes es el famoso ‘Rat park’ llevado a cabo por Bruce Alexander en 1978 en el que demostraba la influencia social en el comportamiento. En esta charla, el psicólogo Ramón Nogueras, dota de claridad lo que trato de ejemplificar.

Sobre esto, tiene mucho que decir el compositor y artista de la electrónica brian Eno. En esta charla, de la cual reproduzco un párrafo, nos deja entrever una realidad que muchas veces hemos dejado de lado.

“Aunque las grandes ideas suelen ser articuladas por personas individuales, casi siempre son generadas por comunidades. Y lo que veo es el malgasto, el desperdicio que hacemos de esa posibilidad de esa inteligencia cooperativa». Siendo un artista, uno escucha mucho hablar acerca del “Genio”, que implica el proceso de señalar gente individual en nuestra historia y decir ‘esos eran los importantes’, ya sabes: Picasso, Rembrandt, Shostakovich, quien sea… Apenas observas a esos artistas, notas que vivieron y crecieron a partir de una muy, muy floreciente semilla cultural. Y eran apenas uno de los elementos en esa escena. Toda esa gente a la que llaman genios, en realidad surgió en medio de eso que yo llamo un “scenius” (escenio). Así como genio es la inteligencia creativa de un individuo, escenio es la inteligencia creativa de una comunidad. Y lo que me gustaría ver es más atención hacia esa posibilidad de comportamiento creativo”.

El señor Eno tiene razón. Y esto ya sí es puramente pragmático y provoca un aluvión de dudas: maestros y maestras del mundo, ¿es su aula un escenio? Padres y madres, ¿es su casa un escenio? Directivos y directivas, ¿es su empresa un escenio?

Si queremos que nuestras organizaciones crezcan como espacios creativos en los que desarrollar grandes ideas y se de cabida al genio, tenemos que propiciar la creación de escenios, en los que la creación colectiva propulsa la individual. Hecho que de por sí sustenta el sentido de las organizaciones, pero que tan pocas veces cuidamos bien. Procusto tiene la culpa.

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El síndrome de Procusto

Tal vez, la leyenda de Procusto sea una de las que más me gusta, puede que porque yo mismo la he vivido en persona durante muchos años. Puede que porque cada día intento rebelarme contra ella. Puede que porque aunque tenga miles de años, sigue más vigente que nunca. Pues bien, el mito de Procusto cuenta que este era un posadero que atendía amablemente a los viajeros en las colina de Ática. Humildemente les ofrecía comida y refugio y al llegar la noche, un lecho en el que acostarse. Cuando los viajeros, cansados se iban a descansar, Procusto acechaba para observar las disonancias de la cama con el huésped. Si este era más grande, serraba las partes que quedaban fuera. Si, por el contrario, era más pequeño, utilizaba una máquina para estirar las extremidades y así amoldar siempre a todos los invitados a las medidas del camastro. En definitiva, es la excelsa metáfora sobre la adaptación de los elementos erróneos al continente inadecuado, y no al revés.

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A pesar de que no voy a contar nada mejor de lo que ya hizo Sir Ken Robinson en la -ya legendaria- charla TED, todavía podemos decir que, en su gran mayoría, ha caído en saco roto. Lo peligroso es que no solo es en los colegios, sino en las universidades, empresas y propios núcleos familiares.

Cuando intentamos que todo el escenario se comporte de una forma similar, siguiendo unas reglas preestablecidas por la cabeza visibles (padres, profesores, directores…) predeciblemente rompemos la posibilidad de la creación natural de un escenio, cayendo irremediablemente en la monotonía y la mediocridad creativa.

No se trata de darle más alas a las musas, nada más lejos de mi intención, sino de buscar el desarrollo colectivo fuera de la sistemización de la creatividad, que da pie a la aparición del genio.

Por todo esto, podemos decir, alto y claro, que hemos matado a la musa. La musa ha muerto, ¡viva el superhombre!

Articulo de Junjo Mestre